Aníbal Cristobo



Una objeción


Objetos como estos potes, lociones de afeitar
correctamente etiquetadas y expresadas, colonias,
no son paradigmáticas, no sirven como recursos o ilustración
de lo que nos sucede
constantemente. No consiguen tampoco
crear un guión de nuestras actitudes: nos ponemos loción
y salimos; en el ascensor ya somos una incógnita
nueva, manchados por las dudas, o la desconfianza
ante un perro cuya mirada no puede comprenderse. Una mancha
de aceite, en la calle y un frasco de aceite, más tarde,
en el supermercado
establecen una relación necesaria; mentalmente
podemos regresar sobre esos datos: para imitarnos,
eliminamos las magnitudes despreciables; nos perfumamos
con actos improvisados, implorando
que ningún Jack Russell intente frotarse en nuestra pierna
mientras bajamos desde el 5to piso – y llamamos a esto
decisión: al parecer, compramos ese ticket
como quien adquiere una cadena infinita de consecuencias. Pero
no: en el reverso, la frase se nos escapa y otra vez
reencarnamos en nuestro propio tránsito, aunque
éste no exista. La página que escribo ya dejó de existir, o bien
tenemos problemas con el navegador, interrumpidos
siempre por el ruido que hacemos al quitarnos las manchas, intentando
recuperar alguna apariencia tras hacer el amor
con un perro, o quedarnos callados, fumando, con los dientes
perfectos, cuando llega un mensaje
y transforma por un momento algo importante
en algo irrelevante, y no lo percibimos.




Otros poemas de Aníbal Cristobo, aquí

Adam Gai traduce a Raymond Carver






En Suiza 






Lo primero que hay que hacer en Zurich 
es tomar el trolebús No. 5 al zoológico 
hasta el fin  del recorrido 
y bajarseIr sabiendo  
lo de los leones. Cómo  sus rugidos 
pasan desde el complejo del zoológico 
al cementerio de Flutern. 
Allí camino por  
el hermosísimo sendero 
que lleva a la tumba de James Joyce. 
Siempre fue un hombre de familia, está aquí 
con Nora, su mujer, por supuesto. 
Y su hijo, Giorgio, 
que murió hace unos años. 
Lucía, su hija, el gran dolor de su vida, 
aún vive, aún confinada 
en un sanatorio psiquiátrico. 
Cuando le trajeron la noticia 
de la muerte de su padre, dijo: 
¿Qué está haciendo ese idiota  bajo tierra? 
¿Cuándo le va a dar por salir? 
Nunca nos quita el ojo de encima. 
Me quedé un rato. Creo 
que le dije al señor Joyce alguna cosa en voz alta. 
Debo haberlo hecho. Sé que debí hacerlo. 
Pero ahora no recuerdo qué 
y tengo que dejar las cosas así. 

Una semana después de aquel día, partimos 
de Zurich en tren a Lucerna. 
Esa mañana temprano, tomé 
el trolebús No. 5 una vez más 
hasta el final de la línea. 
El rugido de los leones cae sobre 
el cementerio, como la vez anterior. 
Ecésped ha sido  cortado. 
Me siento allí por un rato y fumo. 
Uno se siente bien estando allí, 
junto a la tumba. Yo no tenía 
nada que decir esta vez. 

Esa noche jugamos  en las mesas 
del Grand Hotel-Casino 
en  la costa misma del lago Lucerna. 
Más tarde fuimos a ver un espectáculo de striptease. 
¿Pero qué hacer con el recuerdo 
de aquella tumba que me venía a mí 
en  medio del espectáculo, 
bajo la luz rosada,  muda, del escenario? 
No hay nada que hacer. 
O sobre el deseo que vino después,  
que desplazó todo lo demás 
como una ola. 
Más tarde, nos sentamos en un banco 
debajo de algunos tilos,  bajo las estrellas. 
Hicimos el amor. 
Metiéndonos uno  dentro de la ropa del otro. 
El lago a unos pocos pasos. 
Después, nos mojamos las manos  
en el agua fría. 
Entonces, volvimos a nuestro hotel, 
felices y cansados, dispuestos a dormir 
ocho horas. 

Todos nosotros, todos nosotros, nosotros todos, 
tratando de salvar 
nuestras almas inmortales, ciertos caminos 
aparentemente  más indirectos 
y misteriosos 
que otros. Estamos pasándola 
bien aquí. Pero esperamos 
que pronto todo sea revelado. 





Otros poemas de Raymond Carver, aquí

Imagen: nybooks.com


In Switzerland

First thing to do in Zurich is take the No. 5 "Zoo" trolley to the end of the track, and get off. Been warned about the lions. How their roars carry over from the zoo compound to the Flutern Cemetery. Where I walk along the very beautiful path to James Joyce's grave. Always the family man, he's here with his wife Nora, of course. And his son, Giorgio, who died a few years ago. Lucia, his sorrow, still alive, still confined in an institution for the insane. When she was brought the news of her father's death, she said: What is he doing under the ground, that idiot? When will he decide to come out?  He's watching us all the time.  I lingered awhile. I think I said something aloud to Mr. Joyce. I must have. I know I must have. But I don't recall what, now, and I'll leave it at that.  A week later to the day, we depart Zurich by train for Lucerne. But early that morning I take the No. 5 trolley once more to the end of the line. The roar of the lions falls over the cemetery, as before. The grass has been cut. I sit on it for a while and smoke. Just feels good to be there, close to the grave. I didn't have anything to say this time.  That night we gambled at the tables at the Grand Hotel-Casino on the very shore of Lake Lucerne. Took in a strip show later. But what to do with the memory of that grave that came to me in the midst of the show, under the muted, pink stage light? Nothing to do about  it. Or about the desire that came later, crowding everything else out, like a wave. Still later, we sat on a bench under some linden trees, under stars. Made love with each other. Reaching into each other's clothes for it. The lake a few steps away. Afterwards, dipped our hands into the cold water. Then walked back to our hotel, happy and tired, ready to sleep for eight hours.  All of us, all of us, all of us trying to save our immortal souls, some ways seemingly more round- about and mysterious than others. We're having a good time here. But hope all will be revealed soon. 


Adam Gai nació en Argentina y vive en Israel. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Letras por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Fue catedrático de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Tel Aviv y en la de Jerusalén. Publicó en diversas revistas digitales y en las antologías Grageas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2007), La monstruaNarraciones de lo innombrable (Vavelia, México, 2008)  y Otras miradas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires 2008).  
Referencia: es.paperblog.com
Un extraordinario poema de Adam Gai en El poeta ocasional